lunes, 17 de agosto de 2015

El Surrealismo y la libertad del arte



Por Allan Núñez

"Para los surrealistas la revolución socialista fue un asunto programático"
Desde sus inicios, el surrealismo aparece intensamente comprometido con la práctica política. Fue un movimiento surgido en el corazón de las tensiones políticas de la primera mitad del siglo XX. Sus raíces hay que buscarlas en los convulsionados años de la Primera Guerra Mundial y su final a mediados de 1940 cuando el nazismo triunfa en Francia y los artistas parten al exilio.

Durante este período de tiempo, las posiciones políticas del surrealismo fueron progresando: desde un profundo rechazo al exacerbado espíritu nacionalista que promovió la burguesía europea durante la guerra, pasando por su malograda experiencia con el estalinismo, hasta su encuentro con el trotskismo en 1938, año en que André Breton, junto al revolucionario ruso León Trotsky y el muralista mexicano Diego Rivera, redactan el “Manifiesto por una arte revolucionario e independiente”. Es bueno conocer las interioridades de cómo se desarrolló este progreso.


En las horas previas al inicio de la Primera Guerra Mundial, las burguesías europeas lograron convencer a la gente de la necesidad de participar en la guerra, incluso la inmensa mayoría de los partidos revolucionarios que conformaban la Segunda Internacional Socialista contagiados por el entusiasmo bélico votaron a favor de los créditos de guerra de sus respectivos países[1]. Se produjo así la incorporación masiva de las diferentes milicias y miles de jóvenes serán conducidos a la masacre, mientras otros miles regresarían del frente mutilados. El artista alemán Georg Grosz, se ocupará en sus obras de este tema.  

Mientras esto ocurría, en Suiza se concentraban centenares de pacifistas y derrotistas[2], incluso algunos artistas que manifestaron su repudio al nacionalismo burgués. Son los mismos que muy pronto se nuclearían en el Cabaret Voltaire bajo el nombre de Dadá[3] y cuyo punto básico de agrupamiento era el profundo rechazo a la guerra, percibida por ellos como los estertores de una sociedad capitalista en agonía. Este sentimiento antibélico, antiburgués y antiartístico de Dadá, marcará profundamente el espíritu surrealista.

Finalizada la guerra, una sensación de desastre recorría a la sociedad europea, pero también de ánimo revolucionario[4]. La mayoría de los artistas que pertenecieron al movimiento Dadá integrarían las filas del surrealismo. Éste movimiento ya venía gozando de vida orgánica desde la publicación de la revista “Litterature”, en donde puede advertirse sutilmente las posiciones políticas de los artistas surrealistas. Pero no es sino hasta la publicación del primer manifiesto surrealista de 1924 que el movimiento surrealista abordaría de frente la problemática relación entre la liberación individual y emancipación social. Fue esa cuestión capital la que entre mediados de la década del veinte y 1935 regiría sus relaciones en tanto grupo, al mismo tiempo que sus vínculos con las organizaciones políticas. Un acontecimiento internacional obligaría a los surrealistas a establecer esta alianza.

Fue la guerra colonial entre Francia y Marruecos el factor detonante de este proceso. Una nueva oleada nacionalista en Francia, que chocaría con las posiciones de los surrealistas, aceleró su definición política y garantizó su adhesión, en 1927, a las filas del Partido Comunista Francés. Esta relación con el estalinismo sufriría marchas y contramarchas, cargadas de tensiones. El maridaje se extenderá hasta 1932, cuando Breton y el resto rompen con el Partido Comunista. La razón: las pretensiones de la burocracia estalinista de ejercer el mando sobre la creación intelectual.

Lo que los alejó del estalinismo fue justamente lo que acercó a los surrealistas, a Breton sobre todo, al trotskismo. En 1938, el viejo dirigente de la Revolución Rusa León Trotsky escribió un artículo donde, pronunciándose contra el “realismo socialista” promovido desde el estalinismo, afirmará: “el arte de la época estalinista quedará como la expresión más concreta de retroceso más profundo de la revolución proletaria”. Así, Trotsky se había pronunciado sobre cuestiones capitales para el surrealismo: la libertad del arte y su independencia frente a la dirección revolucionaria. El surrealismo encontraría en el trotskismo un soporte que evitaría comprometerlo con la burguesía. Se podía pensar la revolución y seguir comprometido con ella pero sin el control del partido.

Cuando se desató la Segunda Guerra Mundial, los surrealistas ya venían enfrentando el avance furioso del nazismo. Cuando Hitler ocupó París la mayoría de los artistas surrealistas se encontraban en el exilio. Por esas fechas, en agosto de 1940, Trotski caía asesinado bajo la pica estalinista. Por derecha y por izquierda, el círculo se cerraba alrededor del movimiento surrealista. Era el fin de un movimiento que enarboló programáticamente el deseo de libertad y la unidad del hombre en una nueva realidad, la de la revolución socialista.





  





[1] Salvo dos excepciones: el Partido Ruso y Serbio votaron en contra.
[2] Se denomina derrotistas a aquellos que proponían la derrota de las diferentes burguesías nacionales –y por lo tanto, del país- en aras de la revolución socialista.
[3] Entre los fundadores de Dadá estaban el rumano Tristan Tzara, los alemanes Hugo Ball, Richard Huelsenbeck, Hans Richter, Hans Arp y su futura esposa Sophie Tauber.
[4] La Primera Guerra Mundial tal como lo advirtió Lenin fue partera de revoluciones. La marea revolucionaria acabó con el Zarismo en Rusia y se extendió a Alemania, sumergiendo a Berlín y arrollando a otras ciudades.