jueves, 6 de abril de 2017

Ocho décadas del Guernica.



Por Allan Núñez.

Fue un 26 de abril de 1937, eran las cuatro de la tarde y los aviones alemanes lanzaron una docena de bombas bien calculadas, sembraron el pánico en la población de esa pequeña villa vasca cercana a Bilbao. Luego se sucedieron persecuciones desde otros aviones ametrallando a la población civil que huía desesperada por calles, caseríos o campos. Tres horas duró el bombardeo y la villa ardería hasta el día siguiente. Así describió el poeta español Juan Larrea el bombardeo que en medio de la Guerra Civil sufrió la Guernica, ciudad sagrada de los vascos.

Ese mismo día, aturdido por los acontecimientos, Pablo Picasso realizó el primer apunte de lo que sería el gran mural inspirándose en la destrucción causada por el bombardeo de la ciudad. “Guernica” resumía las innovaciones en el lenguaje artístico del pintor malagueño llevadas a cabo en los últimos treinta años y que definirían su obra posterior. El estilo picassiano, síntesis de deformación poscubista y de simbolismo surrealista, se manifestó como el más adecuado para mostrar la muerte y el sufrimiento. Su atmosfera recuerda el espíritu del barroco español con su exceso trágico y su fascinación por el dolor. Vista de conjunto, la obra parece una gran obra teatral en la que los protagonistas, (una figura que a la derecha grita con los brazos abiertos, una mujer que se precipita hacia la izquierda, corre tanto que una de sus piernas parece quedarse atrás, el guerrero aniquilado que en una de sus mano sostiene una espada y una flor, otra mujer dobla la cabeza hacia arriba en un grito de dolor; lleva en sus manos a su hijo muerto. El toro, el caballo, la paloma, las lenguas como puñales y los ojos transmutados en agujas, etc.) danzan el ritual de la muerte a la luz de una bombilla  eléctrica, símbolo del progreso técnico.

Este mes se cumplen 80 años del “Guernica”. Desde que fue presentado públicamente hasta la fecha, la obra ha sido objeto de loas y reclamos. Los críticos de orientación stalinista —desde el joven Anthony Blunt hasta el poeta Louis Aragon— le reprocharon, a veces sin nombrarlo, que por no renunciar a la innovación formal no conseguía la eficacia semántica del realismo socialista. Por el contrario, artistas como Amédée Ozenfant defendieron el lienzo diciendo: “Nuestra época es grandiosa, dramática y peligrosa (…) y Picasso, al ser igual a sus circunstancias, hace un cuadro digno de ellas.”

Testimonio y denuncia de esa tragedia provocada por la aviación alemana, en apoyo a las tropas fascistas bajo el mando de Francisco Franco, “La Guernica” de Pablo Picasso se considera una obra fundamental para el siglo XX y sigue siendo hasta hoy un símbolo universal de la matanza indiscriminada en cualquier lugar que ésta se produzca, llevando implícito un mensaje de resistencia al autoritarismo y contra el ascenso del fascismo. En ella Picasso impuso un argumento crucial en contra de quienes pregonan un arte escapista, el de la necesaria conexión entre el artista y su época. Pero también expuso una premisa fundamental a menudo olvidada por los artistas de hoy, la de que pintar es, en sí mismo, un acto social. Esa fue su principal aportación y por eso los revolucionarios le reivindicamos.