domingo, 18 de junio de 2017

Julieta Castellanos mancha la cancha con plomo.

Cuatro de treinta y tres estudiantes criminalizados 

Por Allan Núñez.


Las fuerzas represivas del Estado irrumpieron sin orden alguna en las instalaciones de la UNAH con el propósito de desmontar la toma que sostenían los estudiantes en solidaridad al proceso de condena que se le sigue a más de una veintena de sus compañeros. El acto se distinguió por su saña y odio, pero también porque nos hizo comprobar que Honduras atraviesa un estado de excepción, donde ninguna garantía permanece de pie.
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Solo quien tiene el apoyo decidido del régimen, actúa de la manera en como actuó Julieta Castellanos. Tanto la rectora como el gobierno están interesados en acabar a cualquier costo con el movimiento universitario, aunque con objetivos distintos. Para Castellanos, la oposición estudiantil constituye una amenaza a sus privilegios y un obstáculo que compromete su proyecto insigne de Cuarta Reforma. Para JOH significaría barrer del mapa al único sector que se opondría en las calles al fraude electoral de noviembre próximo. Estamos ante un maridaje por conveniencia.

Sostenía Maquiavelo que las armas deben reservarse para el último lugar, donde y cuando los otros medios no basten. Después de lo ocurrido ayer pareciera que la rectora ha conversado mucho con JOH y ha leído muy poco al pensador florentino. O tal vez piense que ha llegado ya al último lugar. Durante su gestión nunca ha cesado de reprimir, ni siquiera cuando se vio acorralada como ocurrió el año pasado. Su estrategia ahí fue la de fingir que dialoga, pero fijando las reglas del diálogo por medio de la fuerza. O sea, no mancha la cancha con cal, lo hace con plomo.

Para justificar la represión ante la opinión pública, Castellanos hace referencia a la violencia de los estudiantes encapuchados contra las fuerzas del orden, como si estos fueran dos ejércitos comparables, o fracciones contendientes en un proceso de fragmentación nacional. Así se las arregla para legitimar esa falacia, sin que nadie le señale que una de las partes es la población estudiantil, con piedras y lápices, y la otra es el Ejército hondureño, con todo el arsenal bélico a su disposición.

Tres estudiantes en espera de que se les dicte condena, más de una veintena en proceso de judicialización, centenares de gaseados y perseguidos, decenas de arrestos irregulares y una cadena interminable de desalojos,  son una prueba fehaciente de que se acabaron los espacios de diálogo en la académia. Síntoma cruel de que los rasgos dictatoriales de este régimen acaban por contaminar y ensombrecer a todas las instituciones, incluso las de mayor nobleza como la UNAH.